Hay una mujer que sostiene mi nombre
como si no pesara
(como si no supiera todo lo que arrastra).
Me mira sin asombro,
con esa calma de quien ha visto el truco
y aun así decide quedarse a ver el espectáculo.
Hay otra (o quizá la misma)
que me pregunta cosas que nadie pregunta.
No exige respuestas: exige presencia.
Se acerca con curiosidad real
(y una ternura que no presume).
Cuando sonríe, algo en mí
abandona la teoría
y recuerda que estar vivo no es sólo "estar".
Yo no digo nombre(s).
Digo: hay una voz que me conoce
cuando me quito el personaje
(y otra que me inventa uno nuevo).
Digo: hay una forma de tocarme
que no necesita manos.
Y digo, sobre todo,
que si este poema parece tuyo
no te equivocas.
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