No te llamas Calíope
(y sin embargo lo eres).
No bajas del Olimpo
ni traes túnica impoluta,
llegas despeinada,
(con los labios manchados de café)
y la mirada llena de preguntas
que me desacomodan las ideas.
Cuando me miras
las palabras se arrodillan
(no ante una diosa,
ante tus caderas).
Yo, que escribo por disciplina
(y por oficio),
por no morirme de silencio,
te escribo a ti con hambre.
Hambre de esa risa
que se mete debajo de mi camisa
y me araña el pecho.
Hambre de esa forma
indecente (tuya),
de sostener una idea
y de desdibujar mis rayas.
No me dictas versos:
me los arrebatas (suavemente).
Eres carne que piensa,
pensamiento que arde.
Porque tú no inspiras poemas.
Tú provocas que me los arranque.
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