Yo quería entenderlo todo.
No un poco.
Todo.
Las cosas que se ven
(la grieta en la pared, la risa que se finge,
el reloj que no para y de todas formas se atrasa),
y las que no se ven
(la tristeza que se esconde trás un "estoy bien",
las ideas que flotan y,
ese miedo que duerme conmigo
y paga la mitad de las cuentas).
Quería saber de dónde viene el dolor.
Cuál es su mito raíz.
Quién lo inventó
y por qué nadie pidió permiso.
Me obsesionaba la historia:
qué nos trajo hasta aquí,
en qué momento todo se vino abajo,
quién escribió el guión
y por qué nadie me dio una copia.
Yo quería explicarlo todo.
Con diagramas.
Con teorías.
Con esa hoja acartonada
donde el mundo cabe si lo sabes acomodar.
Y entonces llegaste tú.
No con respuestas
(eso habría sido demasiado fácil).
Llegaste con preguntas.
Preguntas que no buscan respuesta
(o quizá sí)...
Preguntas que abren más puertas.
Con esa duda lúdica
que no quiere ganar discusiones
sino seguir conversando.
Desdibujaste mis esquemas
pasaste la mano por mi pizarrón
y sólo dejaste polvo flotando.
Tiraste mis explicaciones al cesto
tranquila, sin argumentos
(y sin pedir permiso).
Me enseñaste
que no todo puede ser comprendido.
Que hay cosas que sólo se habitan.
Que el mito no siempre se narra:
a veces se colorea
en la mesa de la cocina,
por la tarde, mientras escuchas música.
Qué no necesito agenda
y que el plan más importante es lo que haremos esta semana
(que es lo único que existe de verdad).
Llegaste a decirme
que los sueños sí se cumplen,
pero no como metas,
ni como milagros baratos.
Se cumplen
cuando uno deja de analizarlos
y empieza a vivirlos.
Y yo,
que quería entender el origen del universo,
terminé entendiendo algo más pequeño
más honesto
y mucho más real:
que a veces la historia no se explica.
Se comparte.
Y quiero compartirla contigo.