domingo, 1 de marzo de 2026

llegaste

Yo quería entenderlo todo.
No un poco.
Todo.

Las cosas que se ven
(la grieta en la pared, la risa que se finge,
el reloj que no para y de todas formas se atrasa),
y las que no se ven
(la tristeza que se esconde trás un "estoy bien",
las  ideas que flotan y,
ese miedo que duerme conmigo
y paga la mitad de las cuentas).

Quería saber de dónde viene el dolor.
Cuál es su mito raíz.
Quién lo inventó
y por qué nadie pidió permiso.
Me obsesionaba la historia:
qué nos trajo hasta aquí,
en qué momento todo se vino abajo,
quién escribió el guión
y por qué nadie me dio una copia.

Yo quería explicarlo todo.
Con diagramas.
Con teorías.
Con esa hoja acartonada
donde el mundo cabe si lo sabes acomodar.

Y entonces llegaste tú.
No con respuestas
(eso habría sido demasiado fácil).
Llegaste con preguntas.
Preguntas que no buscan respuesta
(o quizá sí)...
Preguntas que abren más puertas.
Con esa duda lúdica
que no quiere ganar discusiones
sino seguir conversando.

Desdibujaste mis esquemas
pasaste la mano por mi pizarrón
y sólo dejaste polvo flotando.
Tiraste mis explicaciones al cesto
tranquila,  sin  argumentos
(y sin pedir permiso).

Me enseñaste
que no todo puede ser comprendido.
Que hay cosas que sólo se habitan.
Que el mito no siempre se narra:
a veces se colorea
en la mesa de la cocina,
por la tarde, mientras escuchas  música.
Qué no necesito agenda
y que el plan más importante es lo que haremos esta semana
(que es lo único que existe de verdad).

Llegaste a decirme
que los sueños sí se cumplen,
pero no como metas,
ni como milagros baratos.
Se cumplen
cuando uno deja de analizarlos
y empieza a vivirlos.

Y yo,
que quería entender el origen del universo,
terminé entendiendo algo más pequeño
más honesto
y mucho más real:
que a veces la historia no se explica.
Se comparte.
Y quiero compartirla contigo.


Twitter: Owiruame

miércoles, 18 de febrero de 2026

Calíope

No te llamas Calíope

(y sin embargo lo eres).


No bajas del Olimpo

ni traes túnica impoluta,

llegas despeinada,

(con los labios manchados de café)

y la mirada llena de preguntas

que me desacomodan las ideas.


Cuando me miras

las palabras se arrodillan

(no ante una diosa,

ante tus caderas).


Yo, que escribo por disciplina

(y por oficio),

por no morirme de silencio,

te escribo a ti con hambre.


Hambre de esa risa

que se mete debajo de mi camisa

y me araña el pecho.

Hambre de esa forma

indecente (tuya),

de sostener una idea

y de desdibujar mis rayas.


No me dictas versos:

me los arrebatas (suavemente).

Eres carne que piensa,

pensamiento que arde.


Porque tú no inspiras poemas.

Tú provocas que me los arranque.



Twitter: Owiruame

martes, 17 de febrero de 2026

...

Hay una mujer que sostiene mi nombre
como si no pesara
(como si no supiera todo lo que arrastra).
Me mira sin asombro,
con esa calma de quien ha visto el truco
y aun así decide quedarse a ver el espectáculo.

Hay otra (o quizá la misma)
que me pregunta cosas que nadie pregunta.
No exige respuestas: exige presencia.
Se acerca con curiosidad real
(y una ternura que no presume).
Cuando sonríe, algo en mí
abandona la teoría
y recuerda que estar vivo no es sólo "estar".

Yo no digo nombre(s).
Digo: hay una voz que me conoce
cuando me quito el personaje
(y otra que me inventa uno nuevo).
Digo: hay una forma de tocarme
que no necesita manos.
Y digo, sobre todo,
que si este poema parece tuyo
no te equivocas.


Twitter: Owiruame